Ácido hialurónico

Mucho se viene hablando hace años del ácido hialurónico pero lo cierto es que se encuentra en forma natural en nuestro organismo. Forma parte de nuestra matriz celular, humor vítreo del ojo, articulaciones y hasta del cordón umbilical.También lo podemos encontrar cuándo nuestro organismo necesita repararse: cicatrización, formación de nuevos vasos e inflamación.

Para su uso en medicina, puede obtenerse de crestas de gallo, aletas de tiburón o producirse a partir de fermentación bacteriana, lógicamente de bacterias que no son malas para nosotros.

No varía su composición entre especies, por lo que es uno de los materiales más seguros para tratamientos estéticos, sobre todo faciales.

Pero claro, no todas son ventajas: su efecto es temporal y hay que inocularlo repetidas veces para que mantenga su efecto.

Hay una variedad conocida como NASHA ( No Animal Stabilized Hyaluronic Acid ) para eliminar las reacciones adversas que pueda generar la polimerización química.

A pesar de ser un material de relleno altamente seguro, no está alejado de las reacciones cutáneas de una inoculación de un biorrelleno: reacción inflamatoria, granuloma o infecciones que en manos expertas se resuelven sin incidentes.

Tiene gran capacidad de retención de agua, por lo tanto al perderse el ácido hialurónico con el paso del tiempo, la piel luce deshidratada y con falta de volumen.

El descenso de los niveles de ácido hialurónico con el paso del tiempo, implica una pérdida de viscosidad de la piel, lo que se traduce en sequedad y arrugas.

Por el contrario puede aumentar ante el tratamiento de terapéuticas físicas como el láser.

Existe también la posibilidad de la ingesta de ácido hialurónico por vía oral, encontrándose en el mercado en varias presentaciones. Lo importante es que esté asociado al colágeno ya que a partir de los 40 años perdemos un 1% cada año, sílice, vitamina C y zinc que contribuyen a la formación de colágeno.